Mil caricias

BOQUES-DONESNunca olvidaré esta tarde. Durante mucho tiempo había fantaseado con saborear el sexo con otra mujer. Heredera de ciertos prejuicios culturales se me aparecía este deseo como un ejercicio envuelto de morbo y miedo al mismo tiempo y en partes iguales.
Por una serie de casualidades empecé a seguir tus relatos y tus tuits y poco a poco me sentí subyugada por el deseo de conocer quién estaba detrás de esa sensibilidad, por esa personalidad libre, atractiva, heterogénea y poliédrica. Tal vez fue la curiosidad por conocerte lo que supero el miedo todos los tabús sobrevenidos lo que me ayudó a descolgar el teléfono y llamarte. En primer lugar te diré que me sorprendió tu voz alegre y vital a la vez que dulce y sugerente que me cautivó al instante. En gran medida ese primer contacto me tranquilizó y me ayudó a concretar un encuentro en la segunda llamada:
-“Podríamos vernos el martes a las 6. ¿Me gustaría tomar un café antes y nos conocemos?”
-“Perfecto, si te parece quedamos en la terraza del Fornet, de la calle Provença, junto a los apartamentos y así nos conocemos e intimamos un poco”
Al colgar el teléfono me di cuenta que había roto la cadena de los prejuicios y miedos y había abierto la puerta del deseo por el encuentro.
El día y la hora acordados llegué un poco antes, cogí mesa, me senté y esperé. Estaba con una extraña mezcla de sensaciones: miedo, deseo, curiosidad, excitación, cosquilleo… parecía como si el mundo girara en torno a mí y me observara: los nervios me devoraban. Seguía con la vista todas las mujeres que se acercaban para descubrirte hasta que a la hora acordada vi acercarse una mujer elegante en las formas, de andar decidido, ni alta ni baja, de figura cuidada y estilizada. Al verla deseaba que fueras tú. Mientras se acercaba a la terraza cogió el teléfono y oí sonar el mío. Mis nervios y mi excitación se multiplicaron. Te salude con la mano y te acercaste. Sonreíste, me diste dos besos y te presentaste: – Hola, soy Núria…
Pediste un té y empezaste a hablar rompiendo todos los hielos. Con normalidad, tendiendo puentes invisibles de conexión, como quien no quiere la cosa me tocaste la mano y me hiciste notar, tu tacto, tu presencia. La normalidad de tu acción me ayudo a tranquilizarme, a sentirme segura, a estar deseando oír la palabra mágica: – “¿Vamos?”
I fuimos, entramos en el ascensor y con toda delicadeza cogiste mi mano, acariciaste mi mejilla, besaste suavemente mis labios y susurraste a mi oreja: ¿Sabes que estás muy guapa?
Te parecerá mentira pero esas simples palabras relajaron mis nervios y mis temores. A cierta edad las mujeres que no estamos dentro de los cánones, nos sentimos en el lado invisible de la vida, lado invisible que a veces sólo está en nuestras mentes pero que te paraliza y bloquea. Personalmente, me siento insegura de mi cuerpo, dudo que alguien pueda encontrarme atractiva, siento temor de mostrarme y sentirme orgullosa de mi imagen. No te lo creerás pero esas simples palabras me hicieron sentir, por primera vez en mucho tiempo, segura de mi misma y deseosa de compartirlo contigo.
Una vez en la habitación mis deseos se hicieron realidad. Una leve penumbra daban al espacio y a nuestros cuerpos la intimidad que necesitaba para sentir la delicadeza de tus caricias, el calor de tus labios, la humedad de tu lengua y la ternura de tus dedos recorriendo mi cuerpo.
Cuando cerramos la puerta detrás nuestro mis nervios y mis deseos estaban al límite. Sentí tu mano coger mi mano, tu cuerpo acercarse a mi cuerpo, lentamente, casi a cámara lenta. Nuestros pechos se tocaron y se apretaron mientras suavemente besabas mi cuello, que reseguiste con los labios lentamente hasta llegar a besar mi oreja donde me susúrrate con tu voz suave, aterciopelada, sensual: “¿Te gusta? Te deseo” y fundiste tus labios con los míos. Era la primera vez que besaba a otra mujer.
Mi corazón palpitaba salvajemente, mi sexo estaba húmedo, caliente y excitado mientras con una ternura infinita me besabas, me acariciabas, te fundías en mi a través de la ropa, de la piel, de los latidos, de los susurros, de la miel de tus labios, de la ternura de tus manos. Si tenía alguna duda o temor en ese momento se había disipado y sólo deseaba descubrirte, sentirte, gozarte, amarte, disfrutarte…disfrutarme.
Me desnudaste lentamente delante del espejo mientras hablabas del valor de mi cuerpo, de la delicada ropa interior que había comprado especialmente para la ocasión. Tus palabras susurradas y entrecortadas por tu respiración excitada me hicieron sentir segura, deseada, respetada. Tu inmensa ternura, tus mil caricias, me cubrieron de placer hasta sentirte, hasta gozar, hasta gozarte…
Gracias Núria porque supiste compartir mi primera experiencia en un encuentro, no sólo con el placer sexual, si no que conseguiste reencontrarme conmigo misma y con mi autoestima. Nunca olvidaré esa tarde en que me devolviste el placer de sentirme mujer deseada. Nos veremos pronto.
V.